El agotamiento constante, los problemas de sueño, la irritabilidad y la pérdida de motivación pueden ser señales de que el estrés laboral está afectando tu bienestar.
Por Rosa Arredondo
¿Se siente agotado desde que inicia el día, duerme mal, ha perdido la motivación por su trabajo o vive con la sensación de que nunca logra desconectarse?
Aunque muchas personas consideran estos síntomas una consecuencia «normal» del ritmo de vida actual, podrían ser señales de burnout, un fenómeno ocupacional reconocido por la Organización Mundial de la Salud (OMS), asociado al estrés crónico en el entorno laboral.
El síndrome de desgaste profesional no distingue ocupación. Puede presentarse en médicos, enfermeras, docentes, periodistas, emprendedores y ejecutivos, así como en padres y madres que concilian múltiples responsabilidades o en quienes trabajan desde casa y permanecen conectados de forma permanente.
El problema va más allá del cansancio físico. El burnout puede afectar la salud mental, las relaciones familiares y el desempeño laboral, especialmente cuando la persona permanece durante mucho tiempo en un estado de sobrecarga.

Pero ¿cómo saber cuándo el cansancio deja de ser normal?
Para responder esta y otras interrogantes, RutaSaludRA conversó con Itania María, psicóloga clínica, terapeuta familiar y de pareja, especialista en ansiedad, burnout y salud mental laboral, quien explica cómo reconocer las señales de alerta y qué podemos hacer para proteger nuestro bienestar.
RS. Muchas personas dicen estar «agotadas» todo el tiempo. ¿Cómo diferenciar el cansancio normal del síndrome de burnout?
IM. No todo cansancio es burnout. Podemos terminar una semana difícil agotados y, después de dormir bien, descansar o desconectarnos durante el fin de semana, recuperar nuestra energía. El problema comienza cuando ese descanso ya no parece suficiente y el malestar se mantiene en el tiempo.
La Organización Mundial de la Salud describe el burnout a partir de tres dimensiones: agotamiento o falta de energía, una creciente distancia mental del trabajo -que puede expresarse como negatividad o cinismo- y una sensación de menor eficacia profesional.
Por eso, una persona puede comenzar diciendo simplemente «estoy cansada», pero progresivamente notar que le cuesta levantarse para ir a trabajar, que está más irritable, que aquello que antes le motivaba ya no le genera el mismo interés o que siente que, por mucho que haga, nunca es suficiente.
Hay una precisión importante: la OMS reconoce el burnout como un fenómeno ocupacional derivado del estrés crónico en el trabajo que no ha sido manejado adecuadamente; no lo clasifica como una enfermedad.
RS. ¿Cuáles son las primeras señales de alerta que indican que el estrés laboral está afectando la salud mental y no deben ignorarse?
IM. Hay señales que muchas veces normalizamos: despertarse pensando inmediatamente en el trabajo, dificultad para desconectarse al llegar a casa, irritabilidad, alteraciones del sueño, problemas de concentración, sensación permanente de urgencia, pérdida de motivación o comenzar a sentir rechazo hacia un trabajo que anteriormente se realizaba con interés.
También debemos prestar atención cuando el cuerpo comienza a expresarlo: tensión muscular, cefaleas, molestias gastrointestinales, cansancio persistente o dificultades para dormir.
Lo importante no es alarmarnos porque uno de estos síntomas aparezca un día. Lo que debemos observar es su frecuencia, intensidad, duración y cuánto están interfiriendo con nuestra vida cotidiana.
El burnout también llega a casa
RS. ¿Qué consecuencias puede tener el burnout sobre la salud física, las relaciones familiares y el desempeño laboral si no se trata a tiempo?
IM. El agotamiento laboral no se queda necesariamente en la oficina. Una persona puede llegar a casa sin recursos emocionales para conversar, compartir con su pareja o tener paciencia con sus hijos.
Puede aparecer irritabilidad, aislamiento y conflictos porque la familia termina recibiendo a una persona que físicamente salió del trabajo, pero mentalmente continúa allí.
En el ámbito laboral pueden aparecer dificultades de concentración, menor motivación, errores, ausentismo y disminución del desempeño.
Y también debemos recordar que las jornadas laborales excesivas no son inocuas para la salud física: la OMS y la OIT han encontrado una asociación entre trabajar 55 horas o más por semana y un mayor riesgo de cardiopatía isquémica y accidente cerebrovascular.
Por eso me parece importante dejar de romantizar frases como «yo trabajo mejor bajo presión» o «yo puedo con todo». Una cosa es responder a períodos puntuales de alta demanda y otra muy diferente vivir permanentemente en estado de sobrecarga.
El descanso no es una recompensa
RS. ¿Qué hábitos considera fundamentales para proteger el bienestar emocional?
IM. Uno es proteger el sueño. Dormir no es tiempo perdido. El sueño cumple funciones esenciales para la recuperación física y psicológica, y cuando comenzamos a sacrificarlo sistemáticamente para producir más, estamos quitándole al organismo uno de sus principales mecanismos de recuperación.
El segundo es mantener espacios de vida que no estén relacionados con la productividad: actividad física, vínculos familiares y sociales, ocio, hobbies o simplemente momentos de descanso.
La actividad física, por ejemplo, tiene beneficios demostrados sobre la salud mental y puede reducir síntomas de ansiedad y depresión.
Nuestra identidad no debería quedar reducida exclusivamente a lo que producimos o al cargo que ocupamos.
Dos cambios que pueden comenzar hoy
RS. ¿Qué dos acciones preventivas recomienda para actuar antes de que el problema se agrave?
IM. La primera es establecer límites entre el trabajo y la vida personal. Terminar la jornada laboral no significa solamente salir de la oficina. Si llegamos a casa y seguimos contestando correos, mensajes o resolviendo asuntos laborales durante toda la noche, psicológicamente seguimos trabajando.
La segunda es no esperar a estar exhaustos para descansar. Tenemos una cultura que muchas veces premia la sobreexigencia y convierte el descanso casi en una recompensa: «descansaré cuando termine todo».
El problema es que el trabajo rara vez termina por completo. El descanso tiene que formar parte de la rutina y no aparecer únicamente cuando el cuerpo ya no puede más.
Una señal para detenerse
El burnout no suele aparecer de un día para otro. Puede instalarse progresivamente mientras normalizamos el cansancio, sacrificamos el sueño, mantenemos la conexión permanente con el trabajo y dejamos de prestar atención a lo que nuestro cuerpo y nuestras emociones están tratando de decirnos. Reconocer esas señales a tiempo puede ser el primer paso para recuperar el equilibrio.
En la segunda entrega: qué pueden hacer las personas con jornadas extensas, cómo manejar la autoexigencia y por qué la prevención del burnout también es responsabilidad de las empresas.



