Tradicionalmente, se ha entendido que la persona egoísta busca su bienestar en detrimento del ajeno y, por eso, termina quedándose vacía de afecto, como me comentó un apreciado amigo al preguntarle qué es ser egoísta. Y entonces surge una duda quizá filosófica: ¿habrá un egoísmo que sea «bueno»? Puede parecer inimaginable… Sin embargo, la filósofa rusa Ayn Rand (Alisa Zinóvievna Rosenbaum), en su interesante libro La virtud del egoísmo, define esta condición como «la preocupación por el interés personal; todo ataque contra el egoísmo es un ataque contra la autoestima del hombre».
El sistema del Objetivismo – rama moderna de la filosofía que reflexiona sobre el egoísmo – plantea la existencia de un egoísmo ético o psicológico: el primero ligado a la moralidad y el segundo a la motivación. Desde esta perspectiva, aparece además el concepto de un egoísmo racional, que expone la importancia de la racionalidad como guía.

Lo cierto es que, sin negar la fe ni el papel que juegan muchas religiones en la vida de los seres humanos (aspecto que la filosofía rechazaba), amarnos a nosotros mismos nos permite amar mejor y con mayor propósito a los demás. Nadie puede afirmar que ama a quien no ha visto si no es capaz de valorar primero su propia vida.
Cuando me amo a mí mismo – sin caer en el hedonismo, pues el equilibrio es la clave -, entonces ese mismo amor se refleja de manera recíproca en quienes empatizan conmigo.

La psicóloga Rosa Wilma Rodríguez señala que, para que exista egoísmo, debe estar presente el otro como referencia. El egoísmo sano consiste en anteponer las propias necesidades sin hacer daño intencional a los demás. Pone de ejemplo a un padre que lleva tres mangos para sus hijos: si uno de ellos toma el que está en mejores condiciones porque le gusta más, no hay maldad; distinto sería hacerlo con la intención de dejar el dañado a un hermano, ahí sí habría un egoísmo malsano.
Wilma enfatiza: «No creo que pueda ser egoísmo pensar en ti antes que en los demás, más bien es un mecanismo que el ser humano ha utilizado para preservar su propia existencia… imagina un escenario en donde todos antepongamos siempre las necesidades ajenas a las propias, recordando que cada uno tiene circunstancias diferentes».
Para esta especialista de la conducta, «el egoísmo no es necesariamente un motor que impulse, pero sí puede ser un motor que sostenga. Cuando se convierte en motivación sana, nos ayuda a conseguir nuestras metas sin pisotear a nadie».
Otros expertos en salud mental plantean que las personas necesitan esa dosis de autoestima que las impulse a dar el siguiente paso, a atreverse sin miedo y sin frenos. El valor positivo del egoísmo radica en usarlo como impulsor hacia las metas, en reconocer que tú puedes y mereces, siempre con la gallardía de no dañar a otros. Porque nadie llega solo a la luna, pero tampoco se llega pisoteando a los demás.



